Cuando el reciclaje se convierte en arte

Trinidad Castro es una de esas personas que cambian la atmósfera de cualquier lugar al que llegan. La hacen más amable. Sonríe con una naturalidad desarmante, escucha con verdadero interés y habla del arte con el mismo entusiasmo que un argentino departe sobre Maradona. No hay artificio ni impostura en su manera de estar en el mundo. Tiene algo de esos personajes luminosos que sostienen moralmente una historia; como el Atticus Finch de Matar a un ruiseñor. Estudió Administrativo, pero desde niña supo que sus manos demandaban otro destino. Ya pintaba de pequeña, incluso ganó algún concurso juvenil, de hecho asegura que esa inquietud le viene de familia, su abuelo creaba esculturas con ramas de árboles cuando nadie hablaba de reutilizar materiales.

La vida la llevó durante catorce años a Alemania, y después a recorrer buena parte de Europa, Centroamérica y Sudamérica. También a La India, un país al que ha regresado en siete ocasiones. Ninguno de esos viajes cayó del cielo. Los financió trabajando jornadas maratonianas de once horas diarias en hostelería, sin días de descanso, ahorrando cada céntimo para invertirlo en descubrir mundo. Esa filosofía acabaría transformando también su manera de crear. Y es que, como los grandes aventureros de la literatura, Trinidad descubrió que el verdadero viaje es aquel del que regresas siendo otra persona. Cada país ensanchó su mirada y cada experiencia fue sedimentando una idea que hoy atraviesa toda su obra: que la belleza puede aparecer donde casi todos los demás solo ven materiales destinados al olvido.

Fue precisamente en uno de sus viajes donde comenzó a imaginar que el arte podía convertirse en su forma de vida. «Lo descubrí cuando impartía talleres creativos para niños en La India; allí se utiliza todo tipo de materiales reciclados y eso me abrió la mente. Supe entonces que al regresar a Mallorca quería crear usando esos materiales». Allí también nació su nombre artístico: Trinididi Arte. Los niños la llamaban ‘didi’, una palabra que significa hermana mayor, un apelativo que terminó convirtiéndose en una identidad creativa que conserva con cariño.

Su obra más singular nace de un objeto en ocasiones condenado al olvido, las viejas enciclopedias. Trinidad las transforma en delicadas lámparas escultóricas doblando cuidadosamente cada página, recortando una abertura en su interior para alojar la luz y aplicando resina para que «brille como un cristal». El resultado hace que libros destinados a acumular polvo renazcan convertidos en piezas decorativas de una originalidad sorprendente.

Su universo creativo no termina ahí. También modela unas figuras de simpáticas formas orondas que inevitablemente recuerdan a Botero, aunque ella aclara que «es pura coincidencia». De hecho, para su diseño se inspiró en quienes paseaban por los mercadillos de Inca, «ví a mucha gente con formas redondas y se me ocurrió hacer nadadores gorditos, me parecen muy simpáticos». Para desarrollarlos utiliza plásticos, alambre, papel de aluminio y otros desechos que refuerza con cinta adhesiva antes de cubrirlos con escayola, pintarlos y barnizarlos. La misma filosofía guía sus pendientes y llaveros. Emplea plástico reciclado que pinta con acrílicos y calienta apenas unos segundos en el horno hasta que reduce siete veces su tamaño. Después aplica resina para conseguir la «apariencia de cristal» y proteger el color. Incluso acepta encargos personalizados.

Futuro

Cuando imagina el futuro, no piensa en vender más obras, sino con abrir un espacio donde impartir talleres para niños, ancianos y personas con discapacidad. Un lugar donde enseñar a transformar papel, cartón o plástico en pequeñas obras de arte; un lugar donde dar una segunda vida a objetos olvidados; un lugar donde descubrir belleza donde otros solo ven residuos.

Fuente: UltimaHora

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